CON EL CIELO EN LA
MIRA
Un día, estancada por la rutina
que agobiaba mis ojos, salí a caminar sin rumbo. En medio de mi desolación, miré
al cielo y encontré el leitmotiv para mi existencia. No se trataba de nada extraordinario o fuera de lo común, pero a su
vez, se trataba de algo sobrenatural: se trataba del cielo. El cielo en toda su
extensión, despejado o con nubes, en día de lluvia o de sol, de noche o de día,
es el grito de la grandeza de Dios. El cielo es la casa que me espera, es la
dulce canción que se pronuncia cada mañana, recordándome para qué vivo. El cielo
es mi lugar de descanso, es el lugar donde puedo volar. El cielo es la mejor obra
de arte jamás contada, porque: ¿quién podría crear nubes simétricas y
asimétricas? ¿Quién podría enviar la lluvia, el granizo o irradiar luz y calor?
¿Quién podría mostrarnos un plano usando las estrellas de guía? ¿Quién podría
pintar el cielo de distintos colores? ¿Quién podría ocultar el sol y dar paso a
la luna? Sólo Dios sobre el cielo. Es la obra de arte más hermosa y cambiante
que jamás será exhibida en un museo. Es un manto que nos cubre y nos protege,
es la pieza más hermosa dedicada a la humanidad, es un techo ilimitado para
cualquier soñador, es la esperanza de un nuevo día, es la melodía que acompaña
a los enamorados mirando el atardecer, es la noche que mece al que está cansado
y a punto de ir a dormir.
Por eso decido mirar hacia arriba.
Mis ojos están puestos en el tesoro más grande de mi corazón, el cielo. No importa
lo que pase en la tierra, yo sé que tengo un lugar más allá de lo que puedo
ver, no me limita una frontera, ni siquiera el horizonte; yo sé que tengo un
hogar que pasa por encima de mi cabeza cada día: el cielo.
Mi día a día se resume en estar
con el cielo en la mira.
Nadia López
6 de Julio, 2015

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