lunes, 6 de julio de 2015




CON EL CIELO EN LA MIRA

Un día, estancada por la rutina que agobiaba mis ojos, salí a caminar sin rumbo. En medio de mi desolación, miré al cielo y encontré el leitmotiv para mi existencia. No se trataba de nada  extraordinario o fuera de lo común, pero a su vez, se trataba de algo sobrenatural: se trataba del cielo. El cielo en toda su extensión, despejado o con nubes, en día de lluvia o de sol, de noche o de día, es el grito de la grandeza de Dios. El cielo es la casa que me espera, es la dulce canción que se pronuncia cada mañana, recordándome para qué vivo. El cielo es mi lugar de descanso, es el lugar donde puedo volar. El cielo es la mejor obra de arte jamás contada, porque: ¿quién podría crear nubes simétricas y asimétricas? ¿Quién podría enviar la lluvia, el granizo o irradiar luz y calor? ¿Quién podría mostrarnos un plano usando las estrellas de guía? ¿Quién podría pintar el cielo de distintos colores? ¿Quién podría ocultar el sol y dar paso a la luna? Sólo Dios sobre el cielo. Es la obra de arte más hermosa y cambiante que jamás será exhibida en un museo. Es un manto que nos cubre y nos protege, es la pieza más hermosa dedicada a la humanidad, es un techo ilimitado para cualquier soñador, es la esperanza de un nuevo día, es la melodía que acompaña a los enamorados mirando el atardecer, es la noche que mece al que está cansado y a punto de ir a dormir.
Por eso decido mirar hacia arriba. Mis ojos están puestos en el tesoro más grande de mi corazón, el cielo. No importa lo que pase en la tierra, yo sé que tengo un lugar más allá de lo que puedo ver, no me limita una frontera, ni siquiera el horizonte; yo sé que tengo un hogar que pasa por encima de mi cabeza cada día: el cielo.

Mi día a día se resume en estar con el cielo en la mira.
Nadia López
6 de Julio, 2015


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